5/11/14

Corrupto... Que se deja o ha dejado sobornar, pervertir o viciar.


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Corrupto... Que se deja o ha dejado sobornar, pervertir o viciar. Así define la Real Academia Española (RAE) el termino corrupto, al que también le añade las acepciones de dañado, perverso y torcido. Si consultamos sus registros de frecuencia de uso de las palabras, nos encontramos con que la palabra corrupción ocupa el puesto 1.870, por delante de palabras tan maravillosas como papá en el 1.873, o estrellas en el 1.879. Algo nos quita el sueño a los españoles con este tema cuando dentro de los 88.000 registros que incluye este diccionario, ésta ocupa tan prominente lugar. Aunque la preocupación por la honestidad y virtud, no es algo exclusivo del hombre contemporáneo, es más bien una constante a lo largo de la historia que últimamente nos salpica a diario. Y si en las ciudades de Sodoma y Gomorra, llovió azufre y fuego desde los cielos para purificarlas, al no encontrarse en ellas un solo hombre justo que justificase su salvación, ¿necesitamos nosotros un toque de atención que arrastre el aire viciado que respiramos?


"Punica Granatum, el árbol de la abundancia..."

Faltaba media hora para abrir la tienda, tenía tiempo de leer las noticias de última hora en algún diario digital. Como de costumbre, el caso de corrupción de la semana ocupaba los titulares. El antiguo secretario general del PP de Madrid, Francisco Granados, y el constructor David Marjaliza, eran trasladados a la cárcel. Un auto de prisión incondicional del magistrado del caso, los mandaba directamente a Soto del Real, como principales responsables de una red de tráfico de influencias y cobro de comisiones, que había sacado a la luz la Operación Púnica.

Leía declaraciones sobre el hecho e incluso visionó algunos vídeos de políticos y diferentes personalidades opinando sobre el tema, cuando una idea se apoderó de sus pensamientos. No se creía nada de lo que estaba viendo y oyendo. No les otorgaba credibilidad alguna como fuente, cualquier de ellos podía ser igual de corrupto que aquellos a los que censuraban. Tenían la oportunidad, tenían el poder para hacerlo y parecían actuar con total impunidad. Un juicio que la inquietó sobremanera, porque pensar de esa manera implicaba otorgarle a la corrupción, una conducta anormal, la acepción de realidad, como algo inevitable e inexorable. Y si como bien dijo Simone de Beauvoir, lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acaba acostumbrando a él, esa precisamente parecía ser la sensación que se podía respirar en la calle. 

De todas formas aceptar que todo el sistema estaba dañado, perverso o torcido, significaba lo mismo que perder la confianza en nosotros mismos. Es que acaso, ¿no era una locura pensar que todos fuésemos corruptos? Sin distinciones, jueces políticos, policías, empresarios, sindicalistas, funcionarios, trabajadores... Qué fácil era ver desde la distancia, ese lado oscuro que destapaban noticias, como la que acababa de leer. Sucesos que mostraban lo que generalmente se mantiene bajo la superficie, en la más abyecta clandestinidad. 



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Una nueva reflexión mutó la dirección de sus pensamientos y trató de colocarse en el lado del acusado. ¿Cómo se sentiría una persona cuando todo explota ante sus narices? Cuando todo lo que se ha esforzado por tapar sale a la luz exponiendo su verdadera cara, la oculta, la real. Recordó entonces "El libro de la risa y el olvido" de Milan Kundera, ese mago del alma que describía como litost, ese estado de padecimiento en el que de repente contemplamos nuestra propia miseria puesta en evidencia, sin espacio bajo el que guarecernos, sin velo alguno. Todo en la vida es un juego de luces y sombras, de opuestos, de luz y oscuridad. Todos escondemos bajo llave, confidencias e incógnitas que pacen mejor en la negrura y en la opacidad. La diferencia radica en la anchura de esos monstruos que en algunos encierran deformes engendros que elevan la miseria personal a cotas insospechadas y vician el aire que respiramos día tras día

Demasiado litost para este país Susurró mientras escuchaba las primeras voces en la tienda. Algunos trabajadores comenzaban su turno. Parecían mantener una animada conversación sobre la tonadillera, Isabel Pantoja, que pronto iría a prisión, y acerca del ex-dirigente del PP, Francisco Granados, protagonista de la noticia que había leído. Uno de ellos, Manuel, siempre asombrosamente bien documentado, argumentaba que los españoles llevamos la corrupción en el ADN, como una instrucción genética que utilizamos para organizar y desarrollar nuestra vida. Avalando esa teoría hablaba del nombre escogido para la última operación anti - corrupción llevaba a cabo, bautizada como "Punica Granatum" en referencia al nombre de ese frutal del paraíso, el granado, que ahora un nuevo corrupto ponía de actualidad. Un fruto que posibilitó la concepción del dios mesopotámico Otis, que en Grecia se consagraba a Afrodita, que las esposas romanas lucían como símbolo de su sagrado voto de matrimonio, que escribió su huella con el Al-Ándalus en ciudades como Granada, que se relacionaba con la fecundidad, amor y prosperidad como en el cuerpo de la diosa fenicia Astarté, o en la ofrenda con la que Hades intentó seducir a Perséfone. Ahora era denostado y pasaba a ser símbolo de engaño, quizás ahí estuviese la ironía del tema, mientras los soldados de Babilonia comían sus semillas para ser invencibles en la batallas, otros hacían un mal uso del mismo olvidando que la honradez es la base ética de cualquier sociedad. En la que no habrá abundancia y buena fortuna para todos sino se respeta ese principio básico, la honestidad.

¡Pero qué le vamos a hacer! Ahora han trincado a este, pero saldrán muchos otros más. Si hasta en el escudo de un emblema tan nuestro como la bandera aparece la granada concluyó Manuel. Lo llevamos en la sangre...


Ella no pudo sino suspirar al escuchar tan descorazonadora conclusión, recordando unos versos de ese español atormentado entre el éxodo y el llanto, León Felipe que ya nos avisó...:


¡España, España!Todos pensabanel hombre, la Historia y la fábula,todos pensaban que ibas a terminar en una llama... Y has terminado en una charca.

Cierro este micro-relato, "Punica Granatum, el árbol de la abundancia...", haciendo referencia a la inestimable ayuda que he encontrado en un artículo de Fernando Losa Domínguez, sobre la procedencia e historia del Granado, y recordando algo que escribí hace más de un año en este blog y que sigue de total actualidad. Una pena...

Corría el siglo IV antes de Cristo en el que el filosofo Diógenes (412 a.C.) fue exiliado de su ciudad natal por una acusación de fraude y trasladado a Atenas. Allí Diógenes vivió como un vagabundo por las calles, incluso se dice que por casa tenía una tinaja y que sus únicas pertenencias eran un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco que abandonó cuando un día vio que un niño bebía el agua con sus manos.
Tanto de día como de noche caminaba por Atenas con una linterna encendida diciendo que... “buscaba hombres honestos”.

¡Me parece que mucho tendría que caminar Diógenes por la España actual!.

Mujer después de los 40

6 comentarios:

  1. Hello! Nice blog!
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    1. Vengo de ver tu blog y me quedo por allí. Un saludo :D

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  2. So different, always interesting your posts!!! Great job, Cris!
    Kisses, ♥ Paola.

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  3. Muchas gracias Paola, siempre me animan tus comentarios. Un abrazo :D

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Quiero agradeceros que visitéis mi pequeño rincón. Vuestros comentarios me animan a seguir cada día. Un abrazo :D

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